Formación Ética y Ciudadana
"El Dado que Pacificó mi Tablero"
“El Dado
que Pacificó mi Tablero” (Pedro
Pablo Sacristán)
Yo no lo sabía,
pero las fichas blancas y negras de mi juego favorito se odiaban a
muerte. Cada noche, mientras yo dormía, peleaban
por la única casilla
multicolor del tablero, a la
que las blancas llegaban siguiendo el caminito de casillas blancas que cruzaba su
reino, y
las negras siguiendo otro caminito de casillas
negras que atravesaba el
suyo.
Aquella
lucha tan igualada parecía
no tener fin, así que el señor Dado les propuso la
partida definitiva: se
enfrentarían los líderes de
cada bando, y
el vencedor se quedaría con
la casilla multicolor para siempre.
- Para evitar
trampas -añadió Dado-, ambas pasarán la noche anterior
aisladas y vigiladas por
mí. Yo las llevaré
luego a su casilla
de salida.
Tanto dolor había dejado en las fichas
aquella feroz guerra, que no dudaron
en aceptar la propuesta del
viejo y sabio señor
Dado, quien, al caer la
noche, llevó a
ambas fichas a un lugar
secreto del tablero. Estas
esperaban algún tipo de premio o
discurso, pero, para su sorpresa, solo
encontraron dos cubos de
pintura, uno blanco y
otro negro.
- Intercambiarán sus
colores esta noche, y mañana jugarán
la partida con el color al que siempre se han enfrentado.
Tienen la
misma forma, y solo cambia
su color, así que nadie
se dará cuenta; pero tampoco podrán decírselo a nadie.
Las fichas obedecieron sorprendidas, y al día siguiente viajaron hasta llegar a la casilla
de salida de cada uno
de los caminos.
La ficha negra,
toda ella pintada de blanco, cruzó
el reino de las fichas
blancas entre aplausos y
gritos de ánimo, sin
que nadie supiera que estaban aclamando
a la mejor de
las fichas negras.
Allá por donde pasaba
recibía flores, regalos y muestras de
cariño de fichas grandes
y pequeñas. Viendo la ilusión que
generaba ganar aquella casilla, la ficha negra descubrió que
el reino de las fichas
blancas no era tan
distinto del suyo, aunque
fueran de colores opuestos.
La partida comenzó, y en su emocionante viaje por el caminito
de casillas blancas a
través del reino rival,
la ficha negra se sintió un
poquito menos negra. Hasta que, llegando al final
de la partida, cuando
estaba tan cerca que
podía verse la última casilla,
la ficha negra no recordaba ninguna
razón para odiar a las fichas
blancas. Entonces se encontró frente
a frente con la ficha
blanca, toda ella pintada de negro, y
sintió un fuerte deseo
de abrazarla como
a una de sus hermanas. La ficha blanca,
que había vivido algo muy parecido en
su viaje por el país
de las fichas negras,
sintió lo mismo. Y,
olvidando la partida, ambas
avanzaron hasta la casilla multicolor
para fundirse en un gran
abrazo.
Casi nadie entendía qué había pasado,
pero daba igual. Todas tenían tantas ganas de paz, que no dudaron
en lanzarse a la casilla
multicolor para seguir abrazándose unas a otras y
celebrar el fin de la guerra.
Desde entonces, cada noche, la casilla multicolor se llena de
fichas blancas y negras, y
de los dos tarros
de pintura que puso allí
el señor Dado, para que quienes quieran ver el
mundo con los ojos de
los demás pudiesen hacerlo siempre
que quisieran.